Hay productos que se elaboran. Y hay otros que, antes de llegar a una mesa, deben aprender el lenguaje de la tierra. El vino chileno pertenece a estos últimos.

En cada copa conviven la geografía, la memoria y el trabajo. Está la madrugada de quienes podan las parras, la paciencia de quienes esperan la madurez exacta de la uva, la intensidad de la vendimia y el silencio de las bodegas, donde el tiempo deja de ser una medida para transformarse en parte del sabor.

Por eso, celebrar el vino chileno es también celebrar al país que lo hace posible.

La elección del 4 de septiembre no es casual. Ese mismo día, en 1545, Pedro de Valdivia escribió al rey Carlos V de España solicitando vides y vino para este territorio, en uno de los primeros registros vinculados al nacimiento de nuestra tradición vitivinícola. Cuatro siglos y medio después, en 2015, la entonces presidenta Michelle Bachelet firmó en Viña Cousiño Macul el decreto que instituyó oficialmente esta fecha como el Día Nacional del Vino.  

Desde entonces, cada 4 de septiembre nos recuerda que esta historia no fue escrita únicamente en los grandes salones ni en las etiquetas más reconocidas. Fue escrita, sobre todo, en las regiones de Chile.

Desde los paisajes vitivinícolas de Atacama hasta los nuevos proyectos del sur; desde Elqui, Aconcagua y Casablanca hasta Maipo, Cachapoal, Colchagua, Curicó, Maule, Itata y Biobío, cada territorio imprime un acento propio. Cambian los suelos, las temperaturas, la cercanía con el mar, la altura y las manos que trabajan la vid. El resultado es una diversidad difícil de replicar: vinos capaces de hablar de su origen antes incluso de pronunciar el nombre de su cepa.  

Chile, además, posee una geografía excepcional. El desierto de Atacama al norte, la cordillera de los Andes al este, el océano Pacífico al oeste y el frío austral al sur han creado un aislamiento natural que históricamente ha ayudado a proteger sus viñedos. Entre sus particularidades se encuentra no haber sido golpeado por la filoxera como ocurrió en buena parte del mundo vitivinícola, lo que permitió conservar un patrimonio vegetal de enorme valor.  

Pero ninguna ventaja natural sería suficiente sin conocimiento, oficio y perseverancia. Detrás de cada botella existen generaciones de agricultores, temporeros, enólogos, pequeños productores, cooperativas, bodegas, transportistas, sommeliers, cocineros, comunicadores y emprendedores que han convertido una tradición agrícola en una verdadera carta de presentación de Chile.

Ese esfuerzo ha llevado al país a ocupar una posición privilegiada en el escenario internacional. Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, Chile se mantuvo durante 2025 como el cuarto mayor exportador mundial de vino por volumen, con 7,1 millones de hectolitros enviados al exterior. Así, el nombre de nuestro país continúa viajando en botellas que llegan a restaurantes, tiendas y mesas de distintas culturas alrededor del planeta.  

Sin embargo, el verdadero valor del vino no se mide únicamente en litros exportados o mercados conquistados. También se expresa en su capacidad para descentralizar la economía y generar oportunidades en los territorios. La industria vitivinícola proporciona más de 100 mil empleos directos, y una parte ampliamente mayoritaria de su actividad, sus viñedos y sus puestos de trabajo se encuentra fuera de la Región Metropolitana. El vino, por lo tanto, no solo representa a las regiones: también contribuye a sostenerlas.  

Y luego está la mesa.

Pocas alianzas representan mejor nuestra cultura que la del vino y la gastronomía. Un buen vino no se limita a acompañar un plato: puede descubrir sus aromas, equilibrar sus sabores y prolongar la conversación. Puede convertir una comida cotidiana en un encuentro y un encuentro en un recuerdo. Porque el vino se disfruta con los sentidos, pero permanece en la memoria por las personas con quienes se comparte.

Por todo ello, hoy Revista Gentes alza la copa.

Brindamos por quienes trabajan la tierra cuando todavía no amanece.
Por quienes reciben la cosecha y transforman la fruta en expresión.
Por las familias que han transmitido este oficio de generación en generación.
Por las pequeñas viñas que defienden su identidad y por las grandes casas que han llevado el nombre de Chile más allá de nuestras fronteras.
Por nuestros valles, nuestras cepas patrimoniales, nuestra gastronomía y las historias que nacen alrededor de una mesa.

Hoy no brindamos solamente por lo que hay dentro de la copa.

Brindamos por el territorio que le dio origen, por las manos que lo hicieron posible y por un país entero que aprendió a contar su historia a través del vino.

Salud por Chile.
Salud por sus regiones.
Salud por el vino chileno.