Esa sensibilidad fue el hilo conductor del 2º Seminario Técnico “Chile & Pinot Noir”, organizado por ALTASUR y DIAM en La Maison de France, en Santiago. Bajo el lema “De norte a sur: la diversidad de un país, la identidad de una cepa”, la jornada articuló cápsulas técnicas y bloques de degustación para mirar la variedad desde distintos ángulos: el origen geológico, la gestión del oxígeno, la crianza, el cierre y la forma en que el vino se transforma en experiencia. Más que buscar una definición única, el encuentro permitió reconocer una suma de Chiles dentro de una misma cepa.
Un país largo dentro de una copa
Los bloques de degustación fueron moderados por Héctor Riquelme, sommelier, ex juez de los Decanter World Wine Awards y asesor de viñas en Chile y Argentina. Al repasar los vinos de la jornada, situó la diversidad en una geografía concreta: desde el Norte hasta Chile Chico. Entre esos extremos no solo cambian el clima y los suelos; cambia también la manera en que cada persona interpreta la variedad.
Riquelme observa que el Pinot Noir chileno ha avanzado de manera notoria durante los últimos diez o quince años. Si antes su mapa se concentraba principalmente en Casablanca, Leyda y San Antonio, hoy la búsqueda se abre hacia zonas más septentrionales y también hacia el sur. Esa expansión ha ampliado los estilos sin borrar un rasgo que, para él, debiera permanecer: la elegancia.
Pero elegancia no significa falta de estructura. El Pinot Noir puede ser difícil en el viñedo y complejo en su elaboración; necesita fruta, tensión y capacidad de hacer salivar. Para explicarlo, Riquelme recurrió a una imagen tan sencilla como precisa: una bailarina de ballet que se ve frágil desde lejos, aunque de cerca revela la fuerza necesaria para sostenerse en la punta de los pies.
“Que el vino tenga sus huesos, pero además un poquito de carne.”
— Héctor Riquelme, sommelier y moderador
El origen no trabaja solo
La cápsula de Gonzalo Santibáñez introdujo la geología como una forma de leer el vino. Geólogo especializado en terroir y elaborador de vinos —una precisión que él mismo hace, porque compra uva y no se define como productor de ella—, Santibáñez evita las explicaciones absolutas. Un buen Pinot Noir, plantea, no nace de un solo factor, sino del encuentro entre varias disciplinas.
“Es un trabajo multidisciplinario entre el suelo, la viticultura y la enología.”
— Gonzalo Santibáñez, geólogo y elaborador de vinos
Comprender el origen geológico ayuda a entender el lugar, pero el suelo es también una interfaz viva: allí convergen la roca, el aire, las plantas y el trabajo humano. Esa mirada permite llegar mejor preparado a la bodega, porque cada decisión enológica se apoya en una historia que comenzó mucho antes de la vendimia.
Santibáñez distingue, además, dos escalas de cambio. Los procesos geológicos se miden en miles o millones de años; el clima, en cambio, ya está modificando con mayor rapidez las condiciones de cultivo y empujando nuevas exploraciones. Huasco, la Norpatagonia y Chile Chico aparecen en ese mapa abierto, donde el sur conserva dificultades evidentes, pero también posibilidades todavía poco conocidas. Su intuición mira hacia el extremo del territorio: “El próximo paso, yo creo, va hacia las latitudes más australes”. No como una carrera por llegar más lejos, sino como una búsqueda de otra expresión de la cepa.
Oxígeno: del riesgo al aliado
La gestión del oxígeno en la crianza fue abordada por Paul Freze, ingeniero agrónomo y director comercial para Latinoamérica de Vivelys, junto a Yoann Canovas. Freze propuso abandonar una idea demasiado simple: que todo contacto con el oxígeno es necesariamente dañino. En el Pinot Noir, explicó, el control debe ser particularmente fino por su menor concentración fenólica y por la facilidad con que un error puede alterar la fruta o el equilibrio del vino.
Freze comparó ese trabajo con conducir por una ruta de montaña, con precipicios a ambos lados: hay que bajar la velocidad, mirar los espejos, sostener el volante y no perder el horizonte. No se trata de aplicar una receta, sino de conocer la matriz del vino, definir el objetivo y decidir cuándo y cuánto intervenir.
“Hay que ver también el oxígeno como un aliado.”
— Paul Freze, ingeniero agrónomo y director comercial LATAM de Vivelys
Según explicó, un manejo controlado en una etapa precisa de la elaboración puede ayudar a fijar color, aumentar la estabilidad y prolongar la vida del vino. La oxigenación puede provenir de una barrica o de equipos específicos, pero su valor depende siempre del criterio con que se utilice y del vino que se quiera construir.
La crianza continúa después del embotellado
Yoann Canovas —enólogo, director comercial para Latinoamérica de DIAM y estudiante del programa Master of Wine— llevó la conversación hasta un elemento que muchas veces se mira al final: el corcho. Su propuesta fue entenderlo como una herramienta enológica, porque el vino continúa evolucionando una vez embotellado.
La elección del cierre combina varias decisiones: su capacidad mecánica y el horizonte de guarda esperado; la transferencia de oxígeno que requiere el perfil del vino; la ruta comercial y las condiciones que enfrentará la botella; y el presupuesto disponible. Un vino pensado para cinco años no plantea las mismas exigencias que uno concebido para décadas, así como un destino lejano puede requerir otra respuesta técnica. Mirado de ese modo, el corcho deja de ser un accesorio: se integra al diseño del vino y a la experiencia futura del consumidor.
Cuando el vino se convierte en experiencia
La jornada llevó ese recorrido más allá de la botella con la cápsula “Del storytelling a la experiencia del vino”, a cargo de Claudia Gacitúa, directora del Diplomado en Comunicación de Vinos, periodista, sommelier, cocinera y fundadora de MUV Chile. Su intervención no presentó la comunicación como una capa decorativa que se añade al final, sino dentro del mismo proceso de construcción de valor: cada decisión puede acercar el vino a las personas o restarle sentido a la experiencia.
“Es una cadena de decisiones que puede generar valor o también quitarle valor a la experiencia.”
— Claudia Gacitúa, periodista y sommelier
Gacitúa advirtió que no basta con organizar un evento entretenido o un lanzamiento atractivo. Primero es necesario saber con quién se busca conectar, comprender qué necesita esa persona y transmitir la propuesta de la mejor manera. La experiencia no depende solo de una buena puesta en escena: nace de la coherencia entre el vino, su relato y quien finalmente lo recibe.
La técnica también necesita conversación
Al evaluar la jornada, María Belén Begué, de Grupo Altasur, destacó precisamente esa articulación. “La verdad es que fue una jornada completa”, señaló: de la lectura geológica del territorio a la degustación con los enólogos, y de las nuevas herramientas técnicas a la dimensión de la comunicación. Más que una suma de exposiciones, fue un recorrido por las decisiones que sostienen al vino. Para ella, estos espacios fortalecen a la industria y acercan a quienes organizan el encuentro con los enólogos que trabajan cada día en ella.
Leandro Benedetti, empresario y escritor vinculado a Grupo Altasur, puso el acento en otra necesidad del sector. “El mundo del vino necesita más eventos técnicos para aprender”, afirmó. En un momento complejo para la industria, sostuvo, encontrarse también permite conversar mejor, mantenerse unidos y transformar el conocimiento en una experiencia más clara para quien finalmente recibe y disfruta el vino.
La identidad no es una fórmula
El Pinot Noir chileno no parece necesitar un único rostro. Su fortaleza está precisamente en la posibilidad de expresar un país largo, diverso y todavía en exploración. La identidad, entonces, no se construye uniformando los vinos, sino aprendiendo a reconocer qué aporta cada lugar y con qué precisión lo interpreta cada persona.
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