En la cultura y la tradición católica el vino se entiende como fruto de la vid y del trabajo del hombre, y en esa fe alcanza una dignidad prodigiosa.
Los historiadores rastrean su elaboración ocho o nueve mil años atrás, y desde entonces no ha faltado en ninguna civilización, incluida la nuestra. Siempre ha estado sobre nuestras mesas, aunque muchos no saben que es un elemento central de la identidad espiritual de Occidente: su sola presencia simboliza alegría, bendición y una alianza infinita entre la humanidad y Dios. Los estudiosos del Antiguo Testamento lo leen como signo de la bondad divina.
Los pasajes de la vid abundan en las Escrituras. Noé plantó una viña, prensó su primera cosecha y guardó el jugo dulce en odres; con los días el azúcar se transformó en alcohol y sobrevino un emborrachamiento involuntario, con la consecuente resaca. Melquisedec ofreció pan y vino. Muchos profetas usaron la imagen de la viña para describir el amor entre Israel y Dios, donde las uvas representaban la abundancia prometida en la Tierra y el gran banquete en el Cielo, sin los padecimientos terrenales.
Ya en el Nuevo Testamento, Jesús realiza su primer milagro en Caná, ante el pedido de su madre María: al faltar el vino en la boda de un amigo, transforma el agua en vino. Y en la Última Cena, al instituir la Eucaristía, le da a esa misma bebida su significado definitivo: para la fe católica el vino deja de ser un simple vino y se transforma en la Sangre de Cristo.
Ese simbolismo no es patrimonio de una sola confesión: el vino sostiene el kidush con que el judaísmo abre el sábado y las cuatro copas de la Pascua, y está en la liturgia ortodoxa, anglicana y luterana. La excepción es el mundo evangélico, que en el siglo XIX cambió en buena parte el vino por jugo de uva.
La supervivencia de la vid en Europa se debe en gran parte al esfuerzo de la Iglesia. Tras la caída del Imperio Romano fueron los monjes de algunas órdenes —benedictinos y cistercienses sobre todo— quienes aplicaron sus conocimientos agronómicos para producir viñas y vino con que celebrar la Eucaristía, pero también por hospitalidad y por medicina. Con el tiempo eso los obligó a decidir qué suelos y qué variedades funcionaban mejor en cada sustrato.
Con el descubrimiento de América la evangelización obligó a llevar la vid a un continente que desconocía por completo este cultivo: sin vino no había Misa. En México los jesuitas plantaron en las misiones de Baja California; en la Alta California de hoy fueron los franciscanos de fray Junípero Serra desde 1769. A Chile y a la Argentina la vid llegó antes, a mediados del siglo XVI, con los conquistadores, y fueron después las haciendas de la Compañía de Jesús las que llevaron esa producción a escala. De esas regiones salieron con el tiempo vinos conocidos en todo el mundo, prueba de que la cruz y la vid crecieron de la mano.
En nuestros días el vino sigue siendo símbolo de encuentro, cultura y tradición. Por eso no hay que mirarlo solo como un producto gastronómico o económico, sino como una herencia espiritual y humana compartida: desde Caná hasta hoy, signo de celebración, comunión y bendición. Una simbiosis que moldeó la cultura occidental y la espiritualidad de millones de personas, y que perdura.
Hoy, al levantar una copa, tanto el creyente como el historiador pueden reconocer por igual que existe un hilo conductor que une el esfuerzo humano, la raigambre histórica y la seguridad de una comunión que va más allá de lo visible.
En estos tiempos tan difíciles y anormales en que vivimos, levantemos nuestra copa brindando con fe y esperanza en el aniversario de nuestro querido Chile. ¡Salud!
English summary
Chilean oenologist Sergio Correa Undurraga traces the alliance between wine and Christian faith, from Noah’s vineyard and Melchizedek’s offering of bread and wine to the wedding at Cana and the institution of the Eucharist. He notes wine’s place in Jewish and Orthodox rites, credits Benedictine and Cistercian monks with saving European viticulture after Rome fell, and follows the vine to the Americas — Jesuit missions in Baja California, Franciscans in Alta California, and the Spanish conquest in Chile and Argentina.
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