Lo primero que me conquistó fue su entrada. Golosa, con un acogedor dulzor de fruta madura, seguida por un abanico de sabores que se despliega con suavidad. Después llegó la sorpresa: un Carménère que se sentía extraordinariamente amable, con un alcohol que dejaba espacio para disfrutar cada matiz del vino.
Así fue mi encuentro con Sangre de Toro Carménère, que Miguel Torres Chile me hizo llegar para una primera cata. Es la apuesta de la viña, instalada en Curicó desde 1979, por dar una expresión local a una marca nacida en España en 1954. Una historia de más de siete décadas que este año abre un capítulo chileno y halla en una de nuestras cepas más emblemáticas una voz propia.
Elegir Carménère tiene significado. Aunque sus raíces están en Francia, esta variedad encontró en Chile una tierra donde desarrollar su identidad y convertirse en parte de nuestra cultura vitivinícola. Su presencia en Sangre de Toro ofrece una oportunidad para descubrir cómo dialoga ese carácter chileno con el oficio de una casa de larga trayectoria.
En la copa, ese encuentro resulta convincente. Este Carménère del Valle Central tiene una personalidad que seduce desde el primer sorbo. Su contraetiqueta anuncia frutas negras, pimienta y especias, taninos redondos y firmes, y un final prolongado.
En mi cata, lo que más destacó fue la delicadeza de su paso por boca. El carácter de la variedad se expresa de una manera cercana, acogedora, capaz de despertar interés en quienes conocen el Carménère y de conquistar a quienes se acercan por primera vez.
Sus 13,5 grados merecen una mención especial. En mi experiencia, están bien integrados, sin una sensación alcohólica dominante. En tiempos en que parte de la oferta se orienta hacia graduaciones más bajas, este Sangre de Toro me recordó que lo decisivo es el equilibrio del conjunto.
Por eso lo imagino entre los favoritos de esta primavera-verano. En una mesa al aire libre, acompañando una comida que se prolonga o una conversación al caer la tarde. Tiene esa amabilidad que se aprecia de inmediato y suficientes matices para volver a él con curiosidad. A mí me conquistó por ambas cosas.
La línea también incluye un Cabernet Sauvignon del Valle de Curicó, al que dedicaré una próxima nota. La presentación acompaña el espíritu de esta propuesta. Una botella sin ostentación, con el rojo y la figura del toro como señas reconocibles, pone el acento en una identidad que ha atravesado generaciones. A ello se suma el trabajo de Miguel Torres Chile para reducir el impacto ambiental de su operación.
Según los antecedentes informados por la viña, ratificó su categoría Gold en International Wineries for Climate Action (IWCA). Su huella por botella pasó de 1,90 kilos de CO₂ equivalente en 2018 a 1,49 kilos, una reducción cercana al 22%. Son cifras del conjunto de la operación y dan cuenta de un trabajo que también merece atención cuando hablamos del vino que llega a nuestra mesa.
Mis felicitaciones al equipo enológico de Miguel Torres Chile, encabezado por su director técnico, Eduardo Jordán. Conseguir que una cepa conserve su carácter y se exprese con esta delicadeza habla de sensibilidad y oficio.
Sangre de Toro llegó a mi copa con la historia de su nombre. Este Carménère se ganó su lugar por mérito propio: goloso, suave y amigable. Una apuesta chilena que me encantó y que merece ser descubierta.
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