En un contexto de baja de consumo, ¿crees que el vino necesita producir menos volumen y trabajar con más identidad y sentido?
Siempre sentido. Nada de lo que hagamos —desde el productor hasta el comercializador, el distribuidor o los rubros afines— puede pensarse sin sentido. El vino nos antecede por miles de años y nos va a sobrevivir por miles más; el único hilo conductor de toda esa historia es precisamente el sentido.
El volumen solo se justifica cuando no hay escucha, como el volumen del audio. Si nadie está prestando atención, puede que haya que subirlo un poco, pero nunca a un nivel que moleste. Si el vino no está siendo escuchado, quizá deba aumentar su volumen, pero jamás perder su propósito.
¿Cómo lees el actual escenario del vino a nivel global: crisis del sector o redefinición de su valor?
No lo veo como una crisis. Toda crisis, todo bache, viene a removernos, a hacernos tropezar, caer y volver a levantarnos. La historia del vino ha tenido muchas de estas instancias, incluso más complejas, y siempre han servido para revisitarse, mirarse y reevaluarse.
Que hoy se venda menos vino o que existan consumidores que beban menos no es necesariamente negativo. Es una invitación a ampliar la mirada, a salir del metro cuadrado y observar el paisaje completo. Las oportunidades están ahí, pero muchas veces implican inversiones, redefiniciones y reorientaciones del negocio. Y ahí cada uno debe decidir si está dispuesto a hacerlo o si es mejor dar un paso al costado.
El carmenere después de más de 30 años desde su redescubrimiento en Chile, ¿en qué momento está hoy esta cepa?
Hoy podemos encontrar Carmeneres que hace quince años eran impensables. No solo con tipicidad, sino con carácter, con origen y con lectura territorial. Existen exponentes muy interesantes en distintos valles —no solo en los más obvios— y eso habla de un trabajo más fino y consciente. Ya estamos en el juego del Carmenere. El mundo nos tiene identificados con esta cepa y ahora corresponde asumir una postura: ¿qué hacemos con ella? No soy partidaria de arrancar del juego una vez que se entra. Si ya decidimos jugar, hay que hacerlo bien y con convicción.
¿El desafío es producir menos volumen y más identidad? ¿Cómo impacta eso en una cepa como el Carmenere?
Depende de la filosofía del negocio. Producir volumen no es lo mismo que producir calidad. Si alguien se siente cómodo produciendo vinos homogéneos, estandarizados y orientados al consumo masivo, ese es su camino. Pero si se busca diferenciación, identidad y sostenibilidad en el tiempo, probablemente el volumen no sea la prioridad.
En el caso del Carmenere, no podemos desconocer que ya construimos una estrategia masiva y que abandonarla tendría un costo altísimo. Lo razonable es entender que el volumen será el camino de algunos, no de todos. Hay espacio para convivir con expresiones más identitarias, aunque no sean las más visibles ni las más conocidas.
¿Qué significa para ti ser jurado en un concurso de vinos: evaluar técnicamente o también orientar al mercado y al consumidor?
No puedo desprenderme del consumidor. El vino está aquí porque alguien lo valora y lo disfruta. Por supuesto que está la dimensión técnica —la inocuidad, la seguridad, la calidad— y eso es intransable. Mi formación es ingeniería en alimentos, y ahí no hay negociación posible.
Pero también existe un compromiso enorme con lo que uno comunica al premiar un vino. Cada medalla valida un camino, visibiliza un territorio, una comunidad, una cepa. Premiar un vino no es solo reconocer que cumple, sino asumir lo que ese vino expresa y representa. Esa responsabilidad no se puede ignorar.
¿Sientes que hoy se cata distinto que hace 10 o 15 años?
Sí, absolutamente. Hoy existe una sed — literalmente— por ir más allá de definir si un vino es bueno, malo o correcto. Hay una necesidad de usar los sentidos para capturar información, para entender qué hay detrás del vino y también qué nos provoca.
Es muy enriquecedor participar en paneles donde conviven miradas distintas: quienes catan desde la seguridad e inocuidad, y quienes usan la cata como una herramienta para leer potencial, riqueza o carencias. Esa diversidad es la que hoy le da sentido a la evaluación.
Fernanda Valenzuela encarna una mirada donde el vino no necesita gritar para existir. Técnica, reflexión y conciencia conviven en un discurso que entiende al vino como cultura, como territorio y como placer. En tiempos de ruido, su propuesta es clara: bajar el volumen y volver al sentido.