La disminución del consumo no puede explicarse únicamente por las nuevas generaciones o por argumentos de salud. La industria vitivinícola enfrenta un problema más profundo: el vino se ha alejado de la mesa cotidiana, atrapado entre precios excesivos, una comercialización concentrada y una desconexión creciente con los productores locales.
El vino atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. No se trata de una percepción aislada ni de una inquietud exclusiva de los productores chilenos. En el mundo, el consumo continúa descendiendo y la industria comienza a preguntarse, con creciente urgencia, qué ocurrió con una bebida que durante siglos formó parte natural de la alimentación, la conversación, la celebración y la identidad cultural de los pueblos.
De acuerdo con la Organización Internacional de la Viña y el Vino, el consumo mundial alcanzó en 2025 aproximadamente 208 millones de hectolitros, con una disminución de 2,7% respecto de 2024, uno de los niveles más bajos registrados en décadas. En Chile, el escenario también exige atención: según el Servicio Agrícola y Ganadero, la producción total de vinos durante 2025, excluido el vino para pisco, alcanzó 838.611.235 litros, cifra que representa una caída de 9,9% frente al año anterior.
Los números hablan, pero no explican por sí solos el fenómeno. Se ha insistido en que las nuevas generaciones ya no consumen vino; que prefieren otras bebidas; que buscan productos más ligeros; o que han desarrollado una mayor preocupación por la salud. Todo ello puede contener una parte de verdad. Sin embargo, resulta insuficiente sostener que el problema del vino es únicamente sanitario cuando una parte de esos mismos consumidores elige destilados acompañados de bebidas energéticas, cócteles de alta graduación alcohólica u otras formas de consumo que difícilmente podrían presentarse como más equilibradas.
El problema, entonces, parece encontrarse también en otra parte. El vino ha dejado de ser accesible, cercano y cotidiano. Ha comenzado a percibirse como un producto reservado para ciertas ocasiones, determinados lugares o consumidores especializados. Y en ese tránsito ha perdido uno de sus principales atributos: su vínculo con la mesa.
Durante generaciones, el vino fue compañía natural de una comida. No necesitaba solemnidad, explicaciones interminables ni ceremonias inaccesibles. Era parte de la cultura familiar, de la conversación y del encuentro. Hoy, en cambio, una botella que en comercio puede tener un precio razonable llega muchas veces a la mesa de un restaurante multiplicando tres o incluso cuatro veces su valor original. Esa práctica, presente en no pocas cartas gastronómicas, termina transformando al vino en un lujo ocasional, incluso cuando se trata de etiquetas honestas, concebidas precisamente para ser disfrutadas en torno a una buena comida.
Los restaurantes son un canal fundamental para el vino. Probablemente constituyen uno de los espacios más poderosos para educar, presentar nuevas viñas, acercar variedades y construir una experiencia alrededor de la gastronomía. Pero cuando una botella se ofrece a un precio desproporcionado, el resultado es exactamente el contrario: el consumidor evita pedirla, cambia de bebida o simplemente prescinde del vino. En esa decisión se pierde una venta, pero también se pierde el hábito.
No se trata de desconocer que un restaurante tiene costos: servicio, cristalería, guarda, personal, arriendo y una experiencia completa que sostener. Se trata de comprender que, cuando el margen termina expulsando al consumidor, el negocio completo se debilita. Un vino que no se descorcha en la mesa no genera cultura, no fideliza al público y tampoco ayuda al productor que necesita volver a encontrarse con quien finalmente decide beberlo.
A esta realidad se suma otro actor decisivo: los supermercados, especialmente las grandes cadenas que operan en ciudades y regiones profundamente ligadas a la actividad vitivinícola. Resulta difícil comprender que, en comunas rodeadas de viñas, historia agrícola y producción local, las góndolas exhiban mayoritariamente etiquetas pertenecientes a los grandes grupos industriales, mientras pequeños y medianos productores de la misma zona no encuentran un espacio real para llegar al consumidor de su propia comunidad.
¿Qué arraigo puede tener una cadena comercial en una ciudad o en un valle si no ofrece vitrinas dignas para los productores que generan identidad, empleo, turismo y patrimonio en ese mismo lugar? No basta con instalar un supermercado en una región vitivinícola. También se requiere una responsabilidad concreta con el entorno económico y cultural en el que ese comercio opera.
Para una viña local, intentar ingresar a una gran cadena suele transformarse en un camino costoso, desigual y poco atractivo. Condiciones comerciales difíciles de sostener, exigencias de volumen, promociones financiadas por el proveedor y pagos demorados terminan dejando fuera a productores que, precisamente por su escala y origen, podrían ofrecer al consumidor algo diferente: vinos con historia, identidad y relación directa con el lugar donde nacen.
El resultado es paradójico. Chile es reconocido internacionalmente como país productor de vino, pero muchos consumidores tienen escaso acceso a la diversidad real que existe en sus propios valles. Se habla de enoturismo, de patrimonio vitivinícola y de la importancia de los pequeños productores, mientras los principales canales de venta continúan favoreciendo una oferta concentrada, reiterativa y muchas veces desvinculada de la producción local.
La recuperación del vino no puede depender solamente de campañas publicitarias o de la esperanza de que el consumidor regrese espontáneamente. Requiere una estrategia más profunda, capaz de reunir a productores, restaurantes, comercio, autoridades, turismo y medios de comunicación en torno a un objetivo común: volver a hacer del vino una experiencia cercana, comprensible y posible.
Los restaurantes podrían asumir un papel histórico si desarrollaran cartas con precios más razonables, márgenes diferenciados para productores locales y propuestas de maridaje que permitieran disfrutar una botella sin sentir que elegir vino constituye un castigo económico. Las grandes cadenas, por su parte, podrían reservar espacios visibles para las viñas de cada valle, no como un gesto decorativo o una campaña temporal, sino como una política concreta de vinculación con la comunidad donde operan.
Las autoridades también tienen una responsabilidad ineludible. La relación del Estado con el vino no puede limitarse a cuánto recauda mediante impuestos ni a campañas que presenten toda bebida alcohólica bajo una misma lógica de temor y censura. Prevenir el consumo abusivo es necesario y constituye una obligación pública; pero también lo es reconocer que el vino, consumido con moderación y asociado a la comida, forma parte de una tradición agrícola, gastronómica y cultural profundamente arraigada en Chile.
No se trata de relativizar los daños que puede provocar el abuso del alcohol. Se trata de construir una mirada más completa y responsable. Las políticas de prevención deben enfrentar con seriedad todos los consumos problemáticos, incluyendo aquellos vinculados a drogas ilícitas que producen daños devastadores en jóvenes, familias y comunidades. El desafío público no puede reducirse a demonizar una copa de vino en la mesa mientras se desatienden realidades sociales mucho más destructivas y complejas.
También las viñas tienen un desafío. El consumidor actual necesita nuevos lenguajes, formatos y experiencias. No basta con producir un buen vino; es necesario explicar por qué vale la pena compartirlo, acercarlo a nuevos públicos sin vaciarlo de contenido y comprender que la moderación, lejos de ser enemiga del sector, puede convertirse en una de sus principales fortalezas. El vino no necesita competir con el consumo excesivo. Necesita recuperar su lugar como parte de una vida equilibrada, social y culturalmente rica.
Chile posee una ventaja extraordinaria: tiene valles reconocidos, diversidad de cepas, productores con historias notables, gastronomía regional, paisajes capaces de convocar turismo y una tradición que todavía permanece viva. Pero esa riqueza puede debilitarse si el vino se transforma en un producto lejano para quienes viven a pocos kilómetros de donde se cultiva la uva y se elaboran las botellas.
La crisis actual puede ser también una oportunidad. Tal vez ha llegado el momento de dejar de analizar únicamente cuánto cayó el consumo y comenzar a preguntarse por qué se alejó el consumidor. Tal vez sea necesario revisar precios, canales, hábitos comerciales y responsabilidades compartidas. Tal vez sea urgente comprender que el vino no se recuperará únicamente exportando más botellas o premiando nuevas etiquetas, sino reconstruyendo su vínculo cotidiano con las personas.
Porque el vino, antes que una categoría económica, es una expresión de cultura. Es agricultura, trabajo, paisaje, gastronomía, memoria y encuentro. Y si realmente se quiere construir un futuro para esta industria, el camino no puede ser encerrarlo en vitrinas inaccesibles ni convertirlo en una excepción reservada para unos pocos.
El desafío es tan claro como urgente: devolverle al vino su lugar en la mesa de los chilenos.