Cada 29 de septiembre, el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos nos recuerda que destinamos agua, suelo y energía a producir alimentos que no se consumen. Según la FAO, cerca del 13% se pierde entre la cosecha y el comercio minorista. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el 19% de los insumos disponibles para las personas se desperdicia en hogares, servicios de alimentación y comercios, incluidas las partes no comestibles.

Prevenir estas pérdidas y asegurar que los alimentos aptos para el consumo lleguen a la población debe ser una prioridad. Sin embargo, incluso una producción eficiente genera cáscaras, restos vegetales y subproductos agroindustriales. Entonces, ¿qué valor dejamos escapar cuando los desechamos?

Una respuesta a este interrogante proviene de la mosca soldado negra. Sus larvas son voraces y pueden transformar diversos materiales orgánicos en biomasa rica en proteínas y grasas. Una revisión publicada en Waste Management describe su capacidad para convertir residuos en ingredientes para la alimentación animal y generar un remanente aprovechable como fertilizante. Así, nutrientes que podrían perderse regresan a la cadena productiva.

El interés también se extiende a sus péptidos antimicrobianos, pequeñas moléculas que participan en la defensa de las larvas frente a microorganismos. Otra investigación, publicada en 2024 en Annals of Animal Science, reúne evidencia sobre cecropinas, defensinas y atacinas, y examina su potencial en sanidad animal. Pero convertir esa actividad experimental en productos eficaces y seguros sigue siendo un desafío.

Además de recuperar nutrientes, la bioconversión permite estudiar cómo obtener compuestos de mayor valor. Un subproducto agrícola puede ser el punto de partida para generar alimento animal, insumos para cultivos y moléculas de interés biotecnológico. Es una alternativa que permite conectar el manejo de residuos con el desarrollo de nuevos insumos.

Para Chile, con su actividad agrícola, pecuaria y agroindustrial, esta oportunidad merece una apuesta sostenida. Necesitamos proyectos que conecten a quienes generan residuos con investigadores y empresas capaces de transformarlos. Esto exige separar los materiales desde su origen y respaldar ensayos que demuestren qué procesos funcionan, a qué costo y con qué beneficios ambientales.

La economía circular adquiere sentido cuando esas conexiones forman parte de la actividad productiva. Para ello se requiere conocimiento, inversión y continuidad que permitan llevar los resultados del laboratorio a una escala útil para los territorios.

Este 29 de septiembre debería impulsarnos a evitar el desperdicio y aprovechar los materiales que inevitablemente se generan. La mosca soldado negra ilustra cuánto podemos descubrir al estudiarlos. Lo que hoy llamamos residuo puede ser una materia prima cuyo valor todavía estamos aprendiendo a reconocer.