Lejos de simplificar el diagnóstico, invita a la industria a repensar su relación con el consumidor, recuperar el valor de la experiencia y volver a construir sentido desde el origen.
En un escenario donde la industria del vino enfrenta uno de sus ciclos más complejos de las últi mas décadas, la voz de Aurelio Montes del Campo, enólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile, no elude la tensión ni maquilla el diagnóstico. Por el contrario, propone una lectura lúcida —incómoda en algunos puntos, pero profundamente necesaria— para comprender el momento actual del vino chileno y global.
“Estamos viviendo una baja en el consumo, eso es evidente. Pero sería simplista —y hasta injusto— culpar a los jóvenes”, plantea.
La reflexión no es menor. Durante años, la industria ha intentado explicar la contracción del mercado apuntando a las nuevas generaciones. Sin embargo, Montes del Campo introduce un matiz clave: el vino, históricamente, no ha sido la bebida de entrada en la vida social. Es, más bien, una construcción cultural que se asocia al tiempo, la conversación y la mesa.
En ese sentido, el fenómeno es más amplio. Cambios en los hábitos de consumo, una creciente conciencia por la salud, contextos económicos restrictivos y un menor dinamismo en la restauración confi guran un escenario donde el vino pierde terreno, no por falta de valor, sino por transformación del entorno.
“La clave hoy no es resisti r el cambio, sino entenderlo”, parece subyacer en su análisis. Para Montes del Campo, el desafío central es reencantar al consumidor desde un lugar más honesto y coherente con la naturaleza del vino.
“El vino no compite con un destilado ni con una bebida de consumo rápido. Su lugar está en la mesa, acompañando la comida, generando conversación, construyendo momentos”.
Este cambio de foco —desde el volumen hacia la experiencia— redefine la manera en que la industria debe comunicarse. Ya no basta con hablar de puntajes o variedades; se trata de volver a conectar el vino con su esencia: origen, identidad y disfrute consciente.
No es casual que, en paralelo, se abran espacios para nuevas expresiones: vinos con menor graduación alcohólica, perfi les más frescos o estilos menos estructurados. Sin embargo, el propio Montes del Campo advierte un riesgo latente.
“La diversidad es positiva, pero cada bodega debe defender su estilo. La autenticidad es lo que finalmente construye valor”. En su mirada, uno de los puntos más sensibles está en la relación entre la industria y el canal gastronómico. Ahí, el problema no es menor.
“El consumidor se siente muchas veces estafado con los precios del vino en restaurantes. Botellas que se venden a tres o cuatro veces su valor generan rechazo”.
La afirmación es directa y revela una distorsión estructural. Lejos de incentivar el consumo, estos márgenes terminan reduciendo la rotación y alejando al cliente del vino como elección natural en la mesa. A ello se suma una práctica igualmente cuestionada: la exigencia de apoyos o entregas gratuitas por parte de algunos restaurantes a los productores.
“Los proyectos gastronómicos que respetan a sus proveedores son los que perduran”. El contexto actual también está marcado por un factor técnico, pero decisivo: el sobrestock. La pandemia generó un auge inesperado en el consumo, impulsando plantaciones y producción. Hoy, ese crecimiento se enfrenta a una demanda contraída, obligando a la industria a reordenarse.
“El vino ha existido por miles de años. Esto es un ciclo. Lo importante es cómo respondemos: con mejor calidad, mejor comunicación y mayor coherencia”.
En el plano internacional, Chile mantiene atributos competitivos claros: condiciones sanitarias privilegiadas, menor presión de plagas y una viticultura que, en muchos casos, conserva raíces originales. Sin embargo, estas ventajas no siempre se traducen en valor percibido.
“Tenemos características únicas, pero no las estamos comunicando bien. El consumidor no necesariamente entiende por qué eso es relevante”.
Ahí se instala una de las brechas más críticas: la distancia entre lo técnico y lo emocional, entre lo que el vino es y lo que el consumidor percibe.
Dentro de ese relato, el Carménère sigue ocupando un lugar estratégico. No solo como variedad emblemática, sino como puente entre identidad y mercado. El caso de Purple Angel, uno de los vinos ícono de la casa Montes, da cuenta de ello: un posicionamiento global que no renuncia a su origen.
“El Carménère sigue siendo muy valorado por los consumidores extranjeros. Es una puerta de entrada a Chile”.
El año en curso no será fácil. Así lo reconoce sin ambigüedades. Pero en su mirada no hay pesimismo estructural, sino una invitación a fortalecer las bases y corregir el rumbo.
“Probablemente veremos un escenario complejo en el corto plazo, pero también una oportunidad para hacer mejor las cosas. La industria necesita adaptarse, no resistirse”. En tiempos donde el ruido tiende a simplificar los diagnósticos, la visión de Aurelio Montes del Campo aporta algo más escaso: criterio.
Una combinación de experiencia, autocrítica y perspectiva que entiende que el vino no está en crisis como producto, sino en transición como cultura. Y en esa transición, el verdadero desafí o no es vender más, sino volver a ser relevantes.