Hay una vid en Eslovenia, la célebre Stara trta de Maribor, que lleva más de cuatro siglos produciendo uvas. Da apenas unos 25 litros de vino al año, pero su verdadera cosecha es otra: una lección sobre el tiempo. Sigue ahí no porque el mundo se haya quedado quieto, sino porque fue capaz de atravesar sus transformaciones sin dejar de ser vid.

Con esa imagen, Luis Villegas Aristizábal, gerente de la Unidad de Tendencias y Riesgos de Suramericana —la filial de seguros del Grupo SURA—, abrió el miércoles 7 de octubre de 2026 el seminario «El futuro del sector vitivinícola», convocado por Seguros SURA en Viña Casa Donoso. Junto a Leidy Catalina Valencia, directora de la misma unidad, ordenó cerca de 300 señales de la vitivinicultura mundial, chilena y agrícola. Su lectura: el sector pasa de una lógica dominada por el volumen a otra donde importan más el valor, el origen, la trazabilidad y la experiencia.

Valencia presentó cuatro escenarios para el Maule, construidos a partir de dos capacidades: anticipar el clima y entender al consumidor. Van del Maule adaptativo —el más favorable, pero el que exige mayor coordinación— a un territorio en contracción, con cierres y pérdida patrimonial. «La adaptación protege la producción, pero no protege la demanda», planteó. La votación entre los asistentes lo confirmó: de 37 respuestas, 25 señalaron los cambios en los patrones de consumo y la diversificación de la demanda de alcohol como el factor más relevante.

Marcos Carrasco Benavides, director del Departamento de Ciencias Agrarias de la Universidad Católica del Maule, llevó la conversación al terreno. Drones, imágenes satelitales, sensores e inteligencia artificial ya permiten estimar vigor, consumo de agua y presencia de enfermedades, explicó, pero una montaña de datos no equivale a conocimiento: las herramientas deben probarse en un cuartel, compararse con lo que ocurre en la planta y corregirse durante varias temporadas antes de escalarse.

Marisol Reyes Muñoz, investigadora en vitivinicultura del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) Raihuén, abordó el efecto del clima sobre las vides. La zona central vive una megasequía desde 2010 y las olas de calor pueden estresar a la planta incluso cuando el suelo conserva agua. La investigación comienza a mirar, además, el efecto de arrastre: el daño que deja una temporada puede reaparecer o acumularse en la siguiente.

El telón de fondo son las cifras. En 2024, el Maule concentraba 48.565 hectáreas de vides viníferas, el 41,5 % del total nacional, según el Catastro Vitícola del SAG. Chile cerró 2025 con 110.768 hectáreas, un 5,3 % menos que el año anterior.

Durar no significa quedarse igual. Significa conservar lo esencial mientras todo alrededor cambia. Para el Maule, la pregunta correcta no es qué ocurrirá dentro de diez años, en 2036. Es qué quiere que siga vivo entonces y qué decisiones debe tomar hoy para hacerlo posible.

Este texto es un extracto. El reportaje completo, con el detalle de las cuatro exposiciones, se publicará en la próxima edición impresa de Revista Gentes, que saldrá a circulación próximamente.